NAS: esa forma de sentir que muchos observan… y pocos comprenden
En muchos hogares se repiten escenas que llaman la atención sin que siempre se comprendan del todo. Un niño que llega del colegio y busca silencio en cuanto cruza la puerta. Una reacción emocional que se prolonga más de lo esperado. Un cambio de ánimo que desconcierta a quienes están cerca porque no encuentran una causa fácilmente reconocible en lo que acaba de suceder.
Son momentos cotidianos que despiertan preguntas… y que empiezan a tener sentido cuando se mira un poco más allá de lo evidente.
El término NAS (niños altamente sensibles) procede del concepto Sensory Processing Sensitivity, desarrollado por la psicóloga Elaine Aron.
Elaine Aron lo expresó de forma muy clara:
“Las personas altamente sensibles procesan la información más profundamente”.
Esa profundidad es el punto de partida.
Cuando la experiencia no pasa de largo
En estos niños, lo que sucede no se queda en un nivel superficial. Hay una elaboración constante.
➤ Un comentario puede permanecer presente durante horas
➤ Una situación social se repasa mentalmente varias veces
➤ Un gesto de otra persona despierta preguntas que buscan sentido
El psiquiatra Daniel J. Siegel explica que la mente organiza el flujo de energía y de información. En este perfil, ese proceso se muestra más activo, más detallado y más implicado emocionalmente.
No procesan la información de forma automática; tienden a reflexionar sobre lo que escuchan o viven, dándole vueltas y buscando comprenderlo con mayor profundidad.
Una escena que lo explica mejor que cualquier teoría
Un parque. Varios niños jugando. Movimiento constante, voces elevadas, carreras, pequeños conflictos que aparecen y desaparecen con rapidez.
Para muchos, ese ritmo forma parte del juego. Sin embargo, dentro de ese mismo grupo, uno de ellos vive la escena de otra manera.
Cuando intenta participar en el juego y los demás niños no le hacen caso, se queda desconcertado; se le mezclan el enfado y la tristeza y le cuesta saber cómo continuar. Si llama a su madre porque necesita que le atienda o quiere enseñarle algo y en ese momento está hablando con otra persona, su malestar aumenta con rapidez. Y si se cae, aunque el golpe haya sido leve, necesita esa referencia cercana para sentirse seguro. Mientras los demás siguen jugando con normalidad, él puede quedarse apartado, sentado o de pie, llorando con un desconsuelo intenso, con una carga emocional muy fuerte en relación con el momento. y que le cuesta regular por sí mismo hasta que un adulto le acompaña.
En esa escena se activan varios elementos al mismo tiempo:
➤ Necesidad de ser atendido en ese instante
➤ Acumulación de estímulos (ruido, movimiento, interacción)
➤ Vivencia emocional amplia y rápida
Todo se reúne en cuestión de segundos.
Y la reacción refleja lo que Elaine Aron describe como reactividad emocional elevada y sobreestimulación.
Una percepción afinada hacia los matices
Estos niños registran detalles que otros pasan por alto.
➤ Cambios en el tono de voz
➤ Expresiones sutiles en el rostro
➤ Ambientes tensos o cargados
No es una cuestión de imaginación. Es sensibilidad hacia los matices.
El psiquiatra Bessel van der Kolk lo resume con una idea muy clara:
“El cuerpo guarda la experiencia”.
Hay una lectura constante de lo que se vive, incluso cuando no se expresa con palabras.
Cuando se intenta entender desde fuera
Cuando un adulto observa este tipo de situaciones en un parque, en casa o en el colegio, suele sentirse desconcertado. Intenta entender qué está pasando, busca una explicación rápida o intenta calmar la escena como puede. Mientras tanto, el niño sigue completamente inmerso en lo que está sintiendo, con una intensidad que le desborda y que no sabe gestionar en ese momento. Cuando se comprende lo que hay detrás, la forma de acompañarlo cambia de manera natural.
Lo que marca la diferencia en el día a día
Comprender este rasgo en profundidad, la forma de estar al lado del niño cambia. El adulto permanece presente, con cercanía y respeto, transmitiendo seguridad en esos momentos de intensidad. Algo clave es la interpretación de lo que se observa: muchas veces se percibe como un desafío o un capricho, cuando en realidad el niño está viviendo la situación con una intensidad muy elevada. Desde esa intensidad, su respuesta aparece al mismo nivel.
A partir de aquí, hay pequeños gestos cotidianos que marcan una diferencia importante:
➤ Poner palabras a lo que se vive
“Hoy ha habido mucho ruido”
“Has llamado y no te han contestado enseguida”
➤ Respetar los momentos de pausa
Ir a su habitación, cerrar la puerta, tumbarse sin estímulos o pedir silencio responde a una necesidad concreta de equilibrio.
➤ Aprender a reconocer la intensidad emocional
Identificar lo que sienten y detectar cuándo necesitan parar forma parte de un aprendizaje progresivo.
El psiquiatra Daniel J. Siegel lo explica así:
“Nombrar una emoción ayuda a regularla”.
